El atardecer
El cielo se marchita en su estertor rojo,
el sol es un dios herido, un profeta árido,
recordándonos,
ese arma homicida, esa línea silente,
la pulida guillotina del horizonte.
Uno lanza la mirada al infinito
y cree alcanzar por pura incapacidad
la tenue esperanza,
pero la naturaleza
no falla,
y hasta las siluetas exaltadas,
de lóbregos pájaros
manchan de fúnebres ecos
la noble madera
de la solemnidad.
Terminación del día,
emulación del gran final
que será ajeno
e inexpugnable,
tautológico
como desconocido.
incluso para los conjuros
artísticos del rito,
incluso para esos mágicos mortales,
ya desnudos de todo,
nosotros.
Portal a la oscuridad,
alarido astral,
tienes cuanto de mito tenemos,
sientes cuanto de fugaz somos,
robas tanto al misterio como un ápice,
un ápice de polvo
de los precarios caminos del juramento,
de las endebles pruebas del compromiso.
Somos una exclamación en mayúsculas,
somos el músculo de lo divino, extraviados
en el manicomio del limbo,
en la estulticia del destino,
somos una voz de tu llaga sangrante,
del térreo y categórico grito lacerante,
del atardecer.
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